Maeztu
2010/03/17
Intereses económicos vs. precaución
RECUERDAN la época de los primeros teléfonos móviles? Los vimos en nuestras televisiones. Eran grandes dispositivos con antenas desplegables que viajaban en los autos de ejecutivos americanos. El invento nos cautivó porque transmitía una serie de valores superficiales, pero atractivos. Sin duda, en la mayoría de los casos no adoptamos esta costumbre por necesidad, sino por la exigencia del ser humano a sentirse diferente, a marcar la diferencia.
Y recuerden la clásica pregunta: ¿Qué tanto de cobertura tiene su compañía? Hoy esta cuestión ha perdido sentido: ya no hay túnel, interior de taberna o transporte público que se resista a las ondas electromagnéticas. Será porque las antenas se han multiplicado, reproduciendo las ondas, e incrementando nuestra exposición a la radiación electromagnética. Y sin embargo, la mayoría de la gente desconoce cómo se comunican dos dispositivos de telefonía inalámbrica o qué son las ondas electromagnéticas. ¿Hasta qué punto son perjudiciales?
Efectivamente, vivimos rodeados de campos electromagnéticos. Las radios, los televisores, los teléfonos móviles, las líneas de alta tensión, los microondas… son fuentes artificiales de campos electromagnéticos. Y lógicamente, difícilmente podríamos entender esta sociedad y nuestro día a día sin estos aparatos. Es parte del progreso, como dirían algunos. Y cualquier recelo o sospecha sobre la peligrosidad de estos aparatos parece un atentado contra el progreso y la tecnología. Es ya un clásico el argumento de ciertos políticos que intentan deslegitimar a quienes cuestionan la inocuidad de estos inventos: "Quieren que volvamos a las cavernas".
"Es el progreso, tonto", insisten. De acuerdo. Pero parece que los ciudadanos y las ciudadanas hemos abandonado el control del progreso, si es que algún día lo tuvimos. No somos nosotros, sino las grandes empresas multinacionales y los elementos capitalistas quienes marcan el ritmo. Crean nuevos productos antes de que sean necesarios; y avispadamente crean la necesidad basándose en principios mercantiles y poco éticos. O sea, los productos que crean son meras piezas intermedias del consumo, nosotros somos sujetos del negocio, y nuestra voluntad se diluye en el sistema capitalista.
¿Y dónde queda el derecho a preservar nuestra salud dentro de este sistema? Nos acusarán de alarmistas, porque vemos peligros por todas partes: los transgénicos, el cambio climático... y ahora, la exposición a ondas electromagnéticas. Pero lo cierto es que sin tener la certeza de su inocuidad, dejamos en manos de los intereses empresariales nuestra salud y nuestro progreso. Pero existe un principio jurídico que prioriza la prevención, que intenta protegernos.
El Parlamento Europeo se basó en el "Principio de Precaución" para emitir una serie de recomendaciones: que los estados miembros desarrollen una legislación actualizada que regule los dispositivos emisores de ondas electromagnéticas; que fijen unos mínimos de exposición preventivos; y que se protejan las capas poblacionales más sensibles a los posibles efectos adversos (niños, ancianos y enfermos). Textualmente, se alude al "Principio de Precaución" de esta manera: el principio de precaución puede invocarse cuando es urgente intervenir ante un posible peligro para la salud humana, animal o vegetal. En estos casos las consecuencias de no regular esta materia sería más graves que en el caso de hacerlo. El Gobierno vasco ignora todo lo que se recoge en este párrafo.
La OMS (Organización Mundial de la Salud) avanza por el mismo camino: califica las ondas como potenciales cancerígenas, sean ondas producidas por teléfonos móviles o sistemas de wi-fi. Y hay quién ya ha hecho caso. Algunos ayuntamientos legislan en materia de antenas de telefonía móvil; la Biblioteca Nacional Francesa, la biblioteca de Baiona, y la Universidad de Lakefield (Canadá) suprimen el wi-fi; y el gobierno de Alemania recomienda a sus ciudadanos y ciudadanas que prioricen el cable en sus conexiones a internet. También tenemos varias normativas municipales pioneras en nuestro Estado como la de Leganés, donde se intenta proteger los intereses de la ciudadanía. Son sólo algunos de los miles de ejemplos.
Aralar presentó en el Parlamento Vasco una iniciativa sobre esta materia para instar al Gobierno vasco a que redactara una ley basada en el citado principio de precaución. Los tres partidos con mayor representación (PNV, PSE y PP), los tres que habitualmente, en temas sociales, se diluyen en la ambigüedad del centro político y pecan de cobardía, la rechazaron y firmaron una mucho menos ambiciosa. Acordaron, básicamente, seguir con atención los estudios que se hagan sobre este tema. Aralar considera que no es suficiente, porque así se intenta simplemente no contrariar a las grandes empresas, y se olvida el Principio de Precaución.
También nos preocupa otro tema: la implantación del wi-fi en nuestras escuelas bajo el proyecto Eskola 2.0. Aralar defiende el acceso universal a internet y no se opone al sistema inalámbrico en ciertos casos. Pero teniendo en cuenta el debate científico sobre las ondas y que desconocemos sus potenciales efectos, no ampara la decisión de Educación de implantar este sistema en nuestras escuelas cuando ya está asegurada la conexión mediante el cable. Ni somos científicos, ni médicos; somos políticos. Y como políticos, debemos proteger y defender el interés colectivo. Sabemos que a las grandes empresas, y multinacionales les sobran defensores, y a veces tienen demasiados socios. Cada cuál sabrá a quién representa y defiende.
2009/12/29
Intereses económicos Vs precaución
¿Recuerdan la época de los primeros teléfonos móviles? Los vimos en nuestras televisiones. Eran grandes dispositivos con antenas desplegables que viajaban en los autos de ejecutivos americanos. El invento nos cautivó porque transmitía una serie de valores superficialmente atractivos. Sin duda, en la mayoría de los casos no adoptamos esta costumbre por necesidad, sino por la exigencia del ser humano a sentirse diferente, a marcar la diferencia. La necesidad actual, pues, fue edificada a posteriori.
Y recuerden la clásica pregunta: “¿Qué tanto de cobertura tiene su compañía? Hoy esta cuestión ha perdido sentido: ya no hay túnel, interior de taberna o transporte público que se resista a las ondas electromagnéticas. Será porque las antenas se han multiplicado, reproduciendo las ondas, e incrementando nuestra exposición a la radiación electromagnética. Y sin embargo, la mayoría de la gente desconoce cómo se comunican dos dispositivos de telefonía inalámbrica o qué son las ondas electromagnéticas.
Efectivamente, vivimos rodeados de campos electromagnéticos. Las radios, los televisores, los teléfonos móviles, las líneas de alta tensión, los microondas… son fuentes artificiales de campos electromagnéticos. Y lógicamente, difícilmente podríamos entender esta sociedad y nuestro día a día sin estos aparatos. Es parte del progreso, como dirían algunos. Y cualquier recelo o sospecha sobre la peligrosidad de estos aparatos es un atentado contra el progreso y la tecnología. Es ya un clásico el argumento de ciertos políticos que intentan deslegitimar a quienes cuestionan la inocuidad de estos inventos: “Nos quieren devolver a las cavernas”; o “quieren que vivamos con velas, como nuestros abuelos”, comentan.
“Es el progreso, tonto”, insisten otros. De acuerdo. Pero parece que los ciudadanos y las ciudadanas hemos abandonado el control del progreso, si es que algún día lo tuvimos. No somos nosotros, sino las grandes empresas multinacionales y los elementos capitalistas quienes marcan el ritmo. Crean nuevos productos antes de que sean necesarios; e inteligentemente crean la necesidad basándose en principios mercantiles y poco éticos. O sea, los productos que crean son meras piezas intermedias del consumo, nosotros somos sujetos del negocio, y nuestra voluntad se diluye en el sistema capitalista.
¿Y dónde queda el derecho a preservar nuestra salud dentro de este sistema? Nos acusarán de alarmistas, porque vemos peligros por todas partes: los transgénicos, el cambio climático... y ahora, la exposición a ondas electromagnéticas. Pero lo cierto es que sin tener la certeza de su inocuidad, dejamos en manos de los intereses empresariales nuestra salud y nuestro progreso. Pero existe un principio jurídico que prioriza la prevención, que intenta protegernos.
El Parlamento Europeo se basó en el “principio de precaución” para emitir una serie de recomendaciones: que los estados miembros desarrollen una legislación actualizada que regule los dispositivos emisores de ondas electromagnéticas; que fijen unos mínimos de exposición preventivos; y que se protejan las capas poblacionales más sensibles a los posibles efectos adversos (niños, ancianos y enfermos). Textualmente, se alude al “principio de precaución” de esta manera: el principio de precaución puede invocarse cuando es urgente intervenir ante un posible peligro para la salud humana, animal o vegetal. En estos casos las consecuencias de no regular esta materia sería más graves que en el caso de hacerlo.
La OMS avanza por el mismo camino: califica las ondas como potenciales cancerígenas, sean ondas producidas por teléfonos móviles o sistemas de Wi-Fi. Y hay quién ya ha hecho caso. Algunos ayuntamientos legislan en materia de antenas de telefonía móvil; la Biblioteca Nacional Francesa, la biblioteca de Baiona, y la Universidad de Lakefield (Canadá) suprimen el Wi-Fi; y el gobierno de Alemania recomienda a sus ciudadanos y ciudadanas prioricen el cable en sus conexiones a Internet. Son sólo algunos de los miles de ejemplos.
Aralar presentó en el Parlamento Vasco una iniciativa sobre esta materia para instar al Gobierno Vasco a que redactara una ley basada en el citado principio de precaución. Los tres partidos con mayor representación (PNV, PSE y PP), los tres que habitualmente, en temas sociales, se diluyen en la ambigüedad del centro político y pecan de cobardía, la rechazaron y firmaron una mucho menos ambiciosa. Acordaron, básicamente, seguir con atención los estudios que se hagan sobre este tema. Aralar considera que no es suficiente, porque así se intenta simplemente no contrariar a las grandes empresas, y se olvida el Principio de Precaución.
2009/07/02
Atzerapausoak aurrerakoiak direnean
Beste askoren antzera, Luis Aranberri Mendizabal, “Amatiño", triste dabil antza. Euskadin haize-errota zentralak geldiarazteko Legebiltzarrak hartutako erabakiak gogoeta piztu dio: leize-zuloetan bizi ginen garaira itzuliko garen beldur ote da? Hona hemen erantzuna.
Zuria dena beltza dela esatea. Gau sakonean eguna dela pentsatzea. Argitasunean gaudela itzalean ezkutatzea … azken finean, politikan egunero gertatzen den zerbait da, guretzat trofeo arrakastatsua dena, oposizioarentzat kaka-mokordoa. Ez da txarra ordea, politika egiten ari garenean bakoitzaren ideologia agerian geratzea. Betaurrekoak aldatzea baino zerbait gehiago da.
Aralarrek legegintzaldiko lehenengo arrakastatzat jo zuen Euskadiko hainbat zentral eolikoren proiektua bertan behera geratzea. Korrika egin zena, interes ekonomikoen epeak markatzen zuten estutasunean egin zena, laster batean geratzea lortu genuen Legebiltzarrean. Gainera, alderdi gehienen babesa jaso genuen, ezker-eskuin, alde bateko zein besteko alderdien babesarekin, alegia.
Baina badago oraindik zentralen etete horretan atzerapauso ikaragarria ikusten duenik. Garapenari (garapen ekonomikoari, zehazki) mugak jartzen zaizkiola uste duenik. Luis Aranberri Mendizabal, “Amatiño,” esaterako, kezkatuta dabil azkenaldian. Euskal Herriko mendietan haize-errota gehiago ez ikusteak kezkatzen du.
Kritikak argitaratzeko, proiektu erraldoiak abiatzeko batzuek duten arintasuna, ingurumen-inpaktuak erredaktatzeko orduan izan beharko lukete abiadura bera. Mozkin ekonomiko hutsean, proiektuek duten aurrekontuei so egin beharrean, gizartearentzat onuragarria litzatekeen politika egitean metatu beharko lukete energia. Zentral eolikoak eraikitzea onuragarria da, baldin eta pauso jakin batzuk ematen badira. Geldiarazi ditugun zentral eolikoak bete ez dituzten pausoak, alegia.
Gizakiak ondare naturalean eragina izan behar badu, gauzak ahalik eta era hoberenean egitea da kontua. Egoera aztertuz, modurik egokiena aukeratuz; presaka ibili gabe, ingurumen inpaktu txostenak erredaktatuz; debatea sustatuz. Haize-erroten kontura, esaterako, ikasi dezagun behingoz kontzeptu bat: haizeak ez du mendi tontorretan bakarrik jotzen. Gaur egun eskuragarri dugun teknologiak, haize intentsitate txikiagoak aprobetxatzeko ahalmena ematen digu, beraz, mendi tontorrak aske uzteko aukera ematen digu. Haize-errotak mendietan jartzeko obsesioa baztertu daiteke. Hala nola, beste aukera batzuk aztertzea komenigarria litzateke: bat aipatzearren, minieolikoen (haize-errota txikiagoekin haizea aprobetxatzen duen teknologia) teknikaz baliatuz, eraikin asko autonomoak bihurtu daitezke.
Hau da, egiten diren urratsak neurtu behar dira: ze energi kopuru behar dugun eta zertarako jakitea ezinbestekoa da; baita ze energia iturri erabiliko ditugun erabakitzea; bukatzeko, debatea sustatu ondoren, garrantzitsuena dator, proiektuak gauzatzea, alegia. Baina askok urratsak eman ordez saltoka aritzen dira.
Ez daitezela Amatiño eta bere ondokoak arduratu. Prest gaudenean eraikiko ditugu haize-errotak. Baina guztia prest dagoenean bakarrik. Bitartean, argiak itzalita ere argitasuna ikusten jarraituko dugu. Mendi tontorrak bere horretan usten baditugu, bederen.

